PAN DE POSGUERRA

En la mesa de domingo,
vi a mi abuelo mirar el pan
con ojos de niño.

Tal vez pensando en otros panes,
panes más duros del pasado,
en un pan que no siempre
estuvo allí por descontado.

Mi madre había comprado los panes
más chic de todo el pueblo:
panes con aceitunas, con cereales,
panes casi de diseño.

Pero esa vieja dentadura
los comía con desgana,
los mordía en silencio
y masticaba con nostalgia.

Y entonces pensé:
¿no les sabría mejor el pan?

¿No les sabría mejor el pan
cuando de sol a sol labraban
para cambiar el cereal
por cuatro migajas?

¿no les sabría mejor ese pan sencillo,
que se lograba con esfuerzo trabajado,
que no este pan elaborado
que sin esfuerzo se consigue?

¿no les sabría mejor el pan
cuando con aceite andaluz
o con tomate catalán
rebajaban la dureza
de ese tiempo ya lejano?

¿no les sabría mejor el pan,
no por ser más el pan,
sino por ser más
el hambre que saciaba?

Pero luego advertí que se lo comía
y lo devoraba en silencio.
Tal vez la nostalgia de sus ojos
no era por el pan de ayer
sino por el que ahora come.

Tal vez entristecido al ver
que ahora que hay pan tierno
las gentes se hablan
como antes no se hablaban
cuando el pan era tan duro.

Tal vez entristecido
al ver que los demás
masticábamos mas odio que pan.

Tal vez adivinaba
que es este odio entre hermanos
el que endurece el pan más tierno.

Y en esa mesa de domingo,
octubre de 2017,
en mi amada Cataluña,
con tanto pan y tanto odio,
mi abuelo comía en silencio
y a mí se me fue el hambre al cielo.


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